
El cobre como destino compartido
Por Cristián Quinzio, Presidente del directorio de CESCO
Cada año, la CESCO Week nos recuerda que la minería es más que una industria o un sector productivo. Es, en el fondo, una red profunda que articula territorios, conocimiento y cadenas productivas que, muchas veces invisibles, sostienen el desarrollo del mundo.
Pero en 2026, esa conversación ha cambiado de escala. Ya no se trata únicamente de analizar proyectos o cifras. Lo que está en juego es la capacidad del mundo de sostener su propia transformación. La transición energética, la electrificación de nuestras ciudades y el avance tecnológico han situado al cobre en el centro de esta historia, no como un recurso más, sino como un habilitador silencioso de lo que viene.
Las señales son claras. El cobre, que en 2025 promedió cerca de US$4,5 la libra, se ha acercado a los US$5,8 en 2026. Más que un dato de mercado, refleja una tensión estructural: el mundo está demandando más de lo que hoy somos capaces de producir.
En ese escenario, emerge una idea clave: en América Latina, Chile no está solo. Junto a Perú y Argentina, forma parte de un territorio que concentra una de las mayores oportunidades cupríferas del planeta. Más que competir, el desafío es comprendernos como un sistema capaz de responder, con mayor escala y coordinación, a una demanda global que no va a esperar.
Pero esa oportunidad no se juega solo en la geología. Se juega en la capacidad de generar certezas, de acelerar proyectos con altos estándares y de construir condiciones que permitan que la inversión ocurra. Y, sobre todo, se juega en algo aún más profundo: en cómo ese desarrollo se traduce en progreso real.
Porque la minería no puede seguir siendo solo una fuente de crecimiento macroeconómico. Tiene que convertirse en un motor visible de desarrollo regional. En mejores oportunidades, en empleo de calidad, en proveedores locales que crecen, en infraestructura que permanece y en una mejor calidad de vida para quienes habitan los territorios donde esta actividad ocurre.
Cuando eso sucede, la minería deja de ser una actividad distante y se convierte en parte del tejido que sostiene a las comunidades.
Ese es el desafío de esta década. No solo producir más cobre, sino hacerlo de una manera que construya valor compartido.
Chile tiene la experiencia, Perú el dinamismo y Argentina un enorme potencial en expansión. Pero lo verdaderamente relevante es que, juntos, podemos transformar esta oportunidad en una estrategia de desarrollo que trascienda a la industria.
Porque el cobre no es solo un recurso. Es una oportunidad para construir futuro.

Fuente: La Tercera.
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